Programa del domingo 06 de agosto de 2006
250 años de Wolfgang Amadeus Mozart
Unos 150 cantantes líricos y las grandes batutas se dan cita en una nueva edición del legendario Festival de Salzburgo de Ópera, Música y Teatro con el reto de representar, por primera vez de una sola tocada, toda las obras escénicas de Mozart.
Nikolaus Harnoncourt y Riccardo Muti dirigirán dos nuevas producciones operísticas que han levantado grandes expectativas.
Una, "Las bodas de Fígaro," con la dirección de Harnoncourt y la soprano rusa Anna Netrebko en el papel de Susana, sirvió el 26 de julio para inaugurar la remodelación del auditorio "Haus für Mozart" (Casa para Mozart).
Otra, "La flauta mágica," bajo la dirección de Muti y con la soprano Diana Damrau en el papel de La Reina de la Noche, hizo el día 29 las delicias de los aficionados a la música.
El reto de llevar a la escena las 22 óperas del genio de Salzburgo salió del director del festival, Peter Ruzicka, en un proyecto que une piezas mayores con fragmentos apenas representados y rarezas de difícil catalogación.
"Diferentes formas musicales van a ser investigadas, obras bien conocidas se representarán de forma novedosa y aquellas desconocidas se harán más familiares," asegura el maestro alemán Ruzicka en la introducción del programa del festival, que este año lleva el lema "Mozart 22".
Se incluyen trabajos tempranos del genio musical, entre ellos algunas operetas que compuso cuando era un niño, como "Bastien y Bastienne," representada con marionetas.
El humor de la ópera bufa "La finta semplice" y la inconclusa "L'oca del Cairo" servirán para ligar tradición y vanguardia gracias a las nuevas tecnologías, que convertirá esos trabajos en obras de multimedia. Serán 84 representaciones.
"Sin duda, se trata del mayor desafío para un gestor cultural estar en Salzburgo en 2006 y convertir en realidad este plan," reconoce Ruzicka, tras recordar que cada verano esta ciudad cercana a la frontera con la Baviera alemana se convierte "en la capital mundial de la música".
Hasta el 28 de agosto.
Leo un texto firmado CRISTIÁN BARROS, aparecido en El Mercurio del domingo pasado.
El supuesto asesinato de Mozart
"Mozart murió -consigna un periódico berlinés la víspera de San Silvestre de 1791- ingresando en su domilicio praguense con un mal que desde entonces no lo dejaría de corroer. Se trata, probablemente, de hidropesía, enfermedad que lo ha llevado a morir en Viena. Se sospecha, asimismo, que podría tratarse de un envenenamiento, habida cuenta de la hinchazón de su cadáver..." Aunque pronto olvidada, la tesis del homicidio habría de revivir con intermitencia a través de los años. En 1823, el músico Ignaz Moscheles visita al anciano Salieri en las instalaciones hospitalarias del suburbio de Alservorstadt. El antiguo Kapellmeister imperial acusa, a la sazón, una senilidad difícilmente remontable, de modo que el diálogo con Moscheles se prueba más bien penoso. Aquél intenta, no obstante, una -quizás anacrónica- apología. "Así sea esta mi enfermedad final, quiero pese a todo -expresó Salieri a su invitado- declarar bajo palabra de honor la falsedad de aquel absurdo chisme. Vos sabéis que se me creyó capaz de envenenar a Mozart. Pero es mentira, una completa mentira..." Meses después de la entrevista, Salieri trata de suicidarse, y al hacer tal, corrige su versión anterior y se autoincrimina de la muerte de Wolfgang. El rumor no tardaría en trascender.
Rumor que también consta en las comunicaciones entre Beethoven -ex alumno del italiano- y su amigo y futuro albacea Anton Schindler, quien da por confirmada la sospecha. ¿Admite alguna defensa la posición de Salieri? La controversia crece, y he aquí que el crítico Giussepe Carpani, abogando a favor del último, obtiene una carta del médico áulico (cortesano)Guldener von Lobes, bajo cuyo examen facultativo pasara alguna vez el propio Mozart. El testimonio clínico niega la posibilidad de una intoxicación inducida. Pero esto no apacigua los ánimos, pues todavía resta por identificar el tipo concreto de patología que fulminó al músico. De hecho, la polémica se extiende hasta el presente, excediendo los límites de la biografía hasta entrar en el ámbito de la epidemiología histórica. De donde surge el cuadro de un Mozart recurrentemente afligido por trastornos infecciosos y pulmonares. En suma, el papel que incumbe a Salieri en el drama del año 1791 resulta en cualquier caso modesto y marginal.
El misterio del Requiem
Muy tarde fue revelada la verdadera génesis del encargo del Réquiem. Increíblemente, hubo que esperar hasta 1964 para que el musicólogo Otto Erich Deutsch diese con la auténtica versión de los hechos, la cual dormía en los archivos municipales de Wiener Neustadt, a las afueras de Viena. Se encontró allí una interesante crónica, salida del puño de un tal Anton Herzog, jefe de coro y profesor de la escuela patronal del conde Franz von Walsegg, mecenas que alojaba en sus estancias rurales una orquesta completa, y de la cual Herzog participaba rigurosamente. Herzog refiere, pues, cómo la obsesión de Walsegg por la música hizo de su corte una eterna sala de conciertos, donde todos sus sirvientes debían exhibir algún talento musical, lo mismo que el propio conde, quien interpretaba el cello en los cuartetos de cuerda, cediendo el segundo violín al maestro -y futuro delator- Anton Herzog.
Pero esto no era suficiente para Walsegg, quien además solía comprar partituras de terceros, bajo la expresa condición -relata Herzog- de atribuirse la autoría exclusiva de las creaciones. El plagio era consensuado, y no pasaba de ser un gesto inocente, del cual se beneficiaron varios compositores, entre ellos Mozart. Para disimular aun más el robo, Walsegg no se reprimía de copiar manualmente los pentagramas originales, entregando a los músicos sólo las nuevas transcripciones. Éstos se reían tímidamente ante la extravagancia, y fingían creer en el genio compositivo de Walsegg. Las cosas tomaron otro curso cuando, también durante 1791, el conde enviudece y decide -a objeto de aplacar su duelo- adquirir un concierto de responso en honor de Madame Walsegg. Supuestamente, la pieza debía interpretarse cada aniversario desde la muerte de la condesa, intención de momento abortada por la súbita muerte del ejecutor, Mozart, cuya tarea sería continuada por su discípulo Süssmayr. Quedaba pendiente, asimismo, el asunto del pago: cien ducados que Constanza Mozart esperaba pronto recibir. Éstos fueron satisfechos, y una copia del Réquiem llegó a manos de Walsegg, mientras otra copia era despachada a los impresores de Leipzig, violando así el compromiso de exclusividad.
Afrentado, Walsegg pensó proceder judicialmente contra la viuda de Mozart, "mas el predicamento fue resuelto de manera amigable -escribe Herzog- gracias al buen corazón de aquél". Al cabo, la obra comprada por el aristócrata fue estrenada en la iglesa parroquial de Wiener Neustadt, en 1793, y quien dirigió el conjunto fue el mismo Walsegg. "Sabíamos que el conde -añade Herzog- deseaba atribuirse la autoría del Réquiem, tal cual lo había hecho con los cuartetos; decía siempre ante nosotros que era su obra, mas cuando lo hacía no podía dejar de sonreír". En retrospectiva, claro está, el patetismo de Walsegg logra suscitar una cierta ternura. Después de todo, hay algo de heroico en su melomanía, al escoger entre la pléyade de genios en boga -ya sea el espectacular Cimarosa, o el mediocre Martín y Soler- a una celebridad más bien rezagada, como lo era Mozart por entonces. Los misterios que planteaba el Réquiem deben contentarse hoy con un epílogo un tanto prosaico. La épica del desastre adquiere un refrescante tono bufo, peregrino y audaz: parábola muy del gusto de Mozart.
¿Eternamente púber y descuidado?
Pero Constanza hizo algo más que quedarse con los cien ducados de Walsegg. Anticipando a figuras como Cosima Wagner o Elisabeth Nietzsche, la viuda de Mozart supo administrar correctamente la herencia de su extinto marido, y aun ejercer una discreta vigilancia sobre los primeros biógrafos del genio. Tal proximidad se planteó incluso en términos más formales, como ocurrió con el diplomático danés Nissen, amigo de la familia, segundo biógrafo de Mozart y también segundo cónyuge de Constanza (1809), a quien ésta desposó luego de un sostenido interludio de decorosa amistad. Ciertamente, tanto el registro de Niemetschek como el de Nissen fueron los encargados de plasmar el retrato de un Mozart descuidado y eternamente púber, a expensas de una Constanza algo más piadosa y seria. Es posible, sin embargo, que ambos esbozos hayan sido invertidos, y que mucho del temperamento infantil de Amadeus consista en una extrapolación del carácter de Constanza a Mozart.

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